La pluma estilográfica, antes y después de la Segunda Guerra Mundial

plumas estilográficas, Segunda Guerra Mundial

Seguimos centrados en la historia de la pluma estilográfica. Hoy nos retrotraemos en el tiempo y nos vamos a la década de los años 30 del pasado siglo, cuando la Gran Depresión azotaba Estados Unidos y, por ende, al resto del mundo occidental.

¿Cómo afrontar la carestía a la hora de producir plumas estilográficas? Los fabricantes llegaron a la conclusión de que era imperioso hacer plumas baratas y, al mismo tiempo, avanzadas tecnológicamente. Pero decirlo es fácil, hacerlo no tanto.

Entonces –insistimos: años 30 del siglo XX– seguía habiendo problemas técnicos. Waterman, Brown o Morris W. Moore ya habían comercializado las pluma de seguridad (safety fountain pen), que llevaban un plumín retráctil que, una vez se contraía, hacía las veces de tapón y de esta forma no se vertía accidentalmente la tinta.

Insertar la tinta en un depósito reducía la posibilidad de que la pluma derramara dicha tinta, algo que seguía sucediendo en los aviones sin presurizar. Ya había marcas (Montblanc, Waterman o Moore) que habían conseguido, mejor o peor, fabricar cámaras selladas de tinta que no perdían tinta ni en situaciones extremas. Pero en otros casos los experimentos seguían fallando y las compañías debían parar su producción. Es el caso de la casa Wahl-Eversharp, que tuvo que dejar de fabricarlas instada por el Comité Federal de Comercio de Estados Unidos. Y el cartucho de tinta de Waterman, lanzado en 1927, por extraños motivos, no llegó a popularizarse hasta la década de 1960.

Visor de la tinta en la pluma estilográfica

Se llegó también a la conclusión de que sería bueno que en alguna parte del cuerpo de la pluma hubiera un visor transparente para que el usuario supiera cuánto quedaba de tinta en el depósito. Sheaffer y Eversharp pusieron manos a la obra e introdujeron secciones transparentes entre la parte trasera de la pluma y las roscas del depósito. Pero como los materiales (plástico) aún no eran buenos, la cosa no salió bien.

Parker lo probó con su modelo Vacumatic, que era junto con la Pelikan 100 la pluma más sofisticada del momento. La famosa marca estadounidense puso una bolsa con un diafragma de goma en el extremo del depósito, e introdujo mecanismos complejos para mantener al diafragma en su sitio y utilizarlo para succionarlo. Para ello utilizaron láminas comprimidas en capas, pero la transparencia era más ilusoria que real.

Los avances efectivos no acaban de llegar.

Aurora retoma el relleno de tinta por cuentagotas

La marca Aurora quería ofrecer una pluma que no fallara para que los soldados italianos pudieran usarlas en las trincheras. Así que retomó el sistema de relleno por cuentagotas, tal como habían hecho otras cosas como Waterman, Moore, Parker y Swan durante la Primera Guerra Mundial.

Estas plumas de relleno por cuentagotas de Aurora (que llevaban grabado el nombre “Etiopia”) llevaban un compartimiento en el extremo del depósito, que contenía bolitas (o pastillas) de tinta, y cuando estas bolitas se introducían en el depósito, lleno de agua, consiguiendo de esta forma que el agua se tintara, o lo que es lo mismo, se convirtiera en tinta. Estas plumas son hoy muy difíciles de conseguir.

Parker, por su parte, siguió con el modelo Vacumatic hasta 1932, cuando se reemplazó el relleno por aerómetro, que fue introducido en las Parker 51 en la década de los 50.

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Las plumas estilográficas, durante la Segunda Guerra Mundial

Todas, o casi todas las marcas, vieron frenadas su producción y su investigación en pos de grandes avances tecnológicos durante la Segunda Guerra Mundial. Waterman decidió buscar soluciones novedosas al sistema de recarga de tinta, pero tiró para adelante con los cartuchos, que, como decíamos antes, empezaron a ponerse de moda en los años 60 y, aún hoy, más de medio siglo después, siguen vigentes.

Malos tiempos para la lírica (y para las estilográficas)

Los tiempos que estamos retratando (desde los años 30 hasta después de la Segunda Guerra Mundial) no fueron nada fértiles para la producción de estilográficas, cuya innovación quedó frenada notablemente. Con la crisis de los años 30, se buscaba producir plumas para escribir a buen precio y funcionales, dejando un poco de lado los detalles innecesarios.

Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), hubo que bajar las plumas de precio (y de calidad), con lo cual, paradójicamente, se hicieron más populares. Como muestra de esa mala calidad, han quedado numerosas plumas deterioradas de es época, hechas en plástico, que han superado muy mal el paso del tiempo. Además, se extendió la creencia de que durante la guerra era mejor reparar las plumas viejas (que sí eran de calidad) que comprar una nueva. En consecuencia, los fabricantes, ante la mala fama de las nuevas plumas, se veían obligados a vender las plumas con “garantía de por vida”.

Los fabricantes pasaban por diversas etapas. Comenzaban haciéndose una reputación ofreciendo plumas muy buenas, cuando aumentaba la producción rebajaban esa calidad ligeramente y, finalmente, para producirlas en masa rebajaban aún más la calidad. Esto provocaba a menudo que los clientes acabaran dándole la espalda a la marca, provocando a veces su desaparición. Entonces era comprada por un competidor, que antes o después comprendia que sin dar calidad acabaría cayendo igualmente en el fracaso.

Algunas de las marcas que han sobrevivido durante más de un siglo, desafiando los problemas técnicos, los cambios de moda y la competencia, son Waterman, Parker, Montblanc y Sheaffer entre otras. Muchas marcas de estilográficas, sin embargo, se quedaron en el camino.

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